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Fiesta Nacional Italiana

03/06/2008 -

Lunes 2 de junio de 2008 se realizó en la Residencia de Italia la tradicional recepción para la Fiesta Nacional italiana.
La Fiesta de la República se celebra cada 2 de junio para conmemorar el Refrendo institucional convocado por sufragio universal el 2 y 3 de junio de 1946, con el cual los italianos fueron llamados a decidir que forma de Gobierno tendría el País. Después de 85 años de monarquía, la mayoría de los italianos eligió la república.
La campaña electoral fue bastante vivaz y la afluencia a las urnas fue altísima: votó el 89,1 por ciento de los 28.005.449 de los derecho habientes, por un total de 24.947.187 votantes. En las votaciones para el referendo institucional prevaleció la república: los resultados fueron proclamados el 10 de junio de 1946 por la Corte Suprema de Justicia e inmediatamente después el Presidente del Consejo Alcide De Gasperi asumió las funciones de Jefe provisorio del Estado. Los votos a favor de la república, después del control, confirmados oficialmente por la Corte Suprema de Justicia el 18 de junio de 1946, resultaron ser 12.718.641, iguales al 54,3 por ciento de los votos validos; en favor de la monarquía se expresaron 10.718.502 electores, iguales al 45,7 por ciento.
Al mismo tiempo fue elegida la Asamblea Constituyente encargada de redactar la constitución del estado, que cumple hoy 60 años. La Constitución de la República Italiana fue aprobada por la Asamblea el 22 de diciembre de 1947 y promulgada por el Jefe provisorio del Estado Enrico De Nicola el 27 de diciembre de 1947. fue publicada en la Gaceta Oficial de la República Italiana n. 298, edición extraordinaria, del 27 de diciembre de 1947 y entró en vigencia el 1º de enero de 1948.
(Fuente: Cámara de Diputados www.camera.it)  

El 2 de junio de 2008 el Embajador de Italia Silvio Mignano pronunció un discurso dirigido a los connacionales y a los ciudadanos presentes a la recepción.  


DISCURSO DE S.E. EL EMBAJADOR SILVIO MIGNANO    

Señor ex Presidente Constitucional de la República de Bolivia, Doctor Carlos Mesa Gisbert,
Señor Presidente de la Comisión Relaciones Exteriores del Honorable Senado de la República de Bolivia, Don Tito Hoz de Vila,
Honorable Senador Antonio Peredo,
Honorables Diputados y Senadores,
Señor Viceministro de Defensa Don Hernán Tuco Ayma,
Señor Director General Embajador Jean-Paul Guevara,
Señora Rectora de la Universidad Mayor de San Andrés de La Paz, Doctora Teresa Rescala,
Autoridades nacionales, militares, departamentales, locales y originarias,
Excelentísimos colegas Embajadores y miembros del cuerpo diplomático y consular y de las organizaciones y agencias internacionales,
Señores Cónsules Honorarios italianos y personal de la Embajada y de la cooperación italiana en Bolivia,
Presidentes e integrantes de los Círculos Italianos, Sociedades Dante Alighieri, Cámara de Comercio Italo-Boliviana, Escuelas italianas,
Queridos misioneros, religiosos, voluntarios, representantes de las ongs italianas,
Queridos escritores y artistas protagonistas de la primera Semana de la cultura italiana en Bolivia,
Cari connazionali,
Damas y caballeros:
Dania y yo les damos la más cordial y cariñosa bienvenida al día nacional de Italia.
Pienso muchas veces en ese distante verano de hace sesenta años, en el junio de 1948: en mi pueblo, en Italia del Sur, en la costa mediterránea, por cierto las gramináceas ya eran rubias, algunos hilos ya secos, el olor a retamas y ligustros embebía la atmósfera, los pescadores – entre ellos quizá mi abuelo – salían al mar con el busto desnudo, los muchachos, finalizando la temporada escolar, se tiraban al agua desde las rocas o gozaban del sol en la playa, entonces desierta, sin las sombrillas de los lujosos establecimientos turísticos de hoy: la gente, agotada por la guerra mundial, se conformaba con divertimientos pobres, pero inebriada por la alegría irrepetible de quien ve el mundo renacer, las esperanzas flotar inesperadamente luego de la angustia, del terror y de la desorientación. Muchos estaban regresando todavía a sus casas de los campos de aprisionamiento aliados o de la clandestinidad en las montañas de los Appenninos o de los Alpes, allá en un norte lejano, que hoy desde Roma o Nápoles se puede alcanzar en pocas horas, con una moderna autopista, y en ese tiempo debía parecer otro mundo, otro universo, y quizá, sentados sobre una piedra a un costado del camino, levantaban la mirada al cielo veraniego y pensaban con piedad a los caídos, amigos y antiguos enemigos.
En esos días, exactamente el 2 de junio, un día como hoy, se estaba festejando el segundo aniversario de la República, pero también la nueva Constitución italiana, que había entrado en vigencia el primero de enero y de la cual en este 2008 celebramos los sesenta años de vida. 
Esa constitución – nos damos cuenta quién sabe hoy más que entonces – fue un auténtico milagro: surgió entre incomparables dificultades, en una Italia trágicamente golpeada por cinco años de guerra mundial que habían llegado tras veinte de dictadura fascista, y luego de dos años de guerra civil cruel, en un país ocupado por un ejercito de ex aliados y otro de ex enemigos. El hambre, las destrucciones, los lutos sembraban dondequiera semillas de odio, rencor y división que parecían ineludibles, profundos e insuperables.
Un pueblo que desde la caída del imperio romano había sido un complicadísimo calidoscopio de micro estados, ciudades y reinados antagónicos, idiomas, culturas, tradiciones, gustos estéticos contrapuestos, que había recuperado una difícil y frágil unidad ya sólo ochenta años antes, tenía todos los síntomas de una fractura irreparable, de un futuro hecho de lenta imparable deriva, islas ideales que en vez de juntarse en un único sólido bloque continental se alejan conformando un archipiélago disperso.
La Asamblea Constituyente reflejaba esa división histórica a través de una pluralidad de grupos elegidos por el pueblo el 2 de junio de 1946 con sufragio universal: el 35% a la Democracia Cristiana, el 21% al Partido Socialista, el 19% al Partido Comunista, y el resto dividido entre republicanos, liberales, Partido de la Acción y otras formaciones.
Sin embargo esas dificultades fueron superadas gracias a dos principios cardinales: diálogo y recíprocas concesiones.
Cada generación tiene justamente su visión del mundo y de la política y ejerce legítima y comprensiblemente una lectura crítica del pasado. Consecuentemente, nosotros italianos de hoy, hijos o nietos de la generación de ese 1948, quizá reprochemos a nuestros padres y abuelos los errores y las decisiones que consideramos hayan influido en el camino político e institucional de nuestro País. Sin embargo, pese a las diferentes ideas y en el respeto del pensamiento político de cada uno, tenemos que reconocerle a los protagonistas de la dinámica política italiana del posguerra calidades de generosidad, de clarividencia y de un fuerte y riguroso sentido del Estado, más allá de los intereses parciales y de las divisiones contingentes, que eran indudablemente enormes: ideologías opuestas y muy radicadas, existencia de bloques geopolíticos contrapuestos que constituían referencias de cada uno de los movimientos italianos, rencores y acusaciones cruzadas por los últimos, dramáticos eventos de la guerra de liberación.
Valores profundos permitieron a los protagonistas de esa fase histórica de ignorar y meter a un lado las divisiones y trabajar conjuntamente. Son valores que pertenecen al pueblo italiano desde siempre, arraigados en nuestra historia y en nuestro rico y único patrimonio humano y cultural: la flexibilidad, la capacidad de escuchar las razones del próximo, de dialogar, compartir ideas, buscar unidad e igualdad en las diferencias.
La interculturalidad es la esencia ineludible del ser italiano, al mismo tiempo que el italiano no es nada más que un milagroso equilibrio entre incalculables sonoridades, colores, formas y gustos: el resultado es una síntesis que sin embargo no supera ni cancela la persistencia de cada una de las tesis: simplemente, hace que casi ya ninguna se convierta en antitesis.
El encuentro, que se sustituye al enfrentamiento, vive ya en los mitos fundadores de la cultura latina: los romanos que intentan raptar las jóvenes sabinas, el pueblo sabino – entonces más antiguo, sólido y fuerte – que amenaza destruir la naciente comunidad romana, y finalmente las mujeres sabinas que se interponen entre los adversarios ya prestos a la pugna y la convierten en abrazo y fusión, dando vida al primer núcleo de lo que será la gran Roma. Fue realmente el tinku de los antiguos latinos.
Saepe ex iniuria postmodum gratiam ortam, relata Tito Livio en su Historia de Roma: a menudo del enfrentamiento surge luego la concordia. Es lo que ocurrió entre romanos y sabinos y es lo que ocurrió en aquel lejano 1948 cuando finalmente las reciprocas concesiones y comprensiones permitieron a fuerzas políticas, ideológicas, morales y espirituales distintas fundirse en un texto que era expresión de la gran mayoría de un país: claro, un texto que no debe transformarse en un tótem, en un ídolo intangible, pues el ser humano siempre debe ser el único centro de nuestro universo y son las leyes y los documentos que deben adecuarse a sus exigencias y no lo contrario, así que no debe considerarse un insulto si alguien piense que exista la necesidad de modificar algunas partes de la Constitución, luego de seis décadas de vigencia: pero sí, debemos reconocer que cumplió su función de dar una estructura unitaria a un país humana y culturalmente mestizo cual es el nuestro.
«L'Assemblea ha pensato e redatto la Costituzione come un patto di amicizia e fraternità di tutto il popolo italiano, cui essa la affida perché se ne faccia custode severo e disciplinato realizzatore»: «La Asamblea ha pensado y redactado la Constitución como un pacto de amistad y fraternidad de todo el pueblo italiano, al cual ella lo confía para que se convierta en su severo custodio y disciplinado realizador»: así declaró Umberto Terracini, Presidente de ese organismo.
«Speranza e volontà diffuse fecero rinascere il Paese in un clima di libertà, attraverso uno sforzo straordinario di solidarietà e unità. La Costituzione è ispirazione e guida della ricostruzione materiale ed istituzionale dell'Italia e, da allora, simbolo e fondamento della democrazia del nostro paeseۛ», per scongiurare «fenomeni che costituiscono invece la negazione dei principi e valori costituzionali: fenomeni di intolleranza e di violenza di qualsiasi specie», agrega hoy en su discurso en Roma el Presidente de la República Giorgio Napolitano, «Esperanza y voluntad difundidas hicieron renacer el País en un clima de libertad, a través de un esfuerzo extraordinario de solidaridad y unidad. La Constitución es inspiración y guía de la reconstrucción material e institucional de Italia y, desde entonces, símbolo y fundamento de la democracia en nuestro país», para alejar «fenómenos que representan en cambio la negación de los principios y de los valores constitucionales: fenómenos de intolerancia y de violencia de cualquier especie».
En este 1948 los sesenta años de nuestra Constitución coinciden con los cien años del nacimiento del gran poeta italiano Cesare Pavese: «Un paese vuol dire non essere soli», escribió, «un país quiere decir no quedarse solos». Ello es el sentido más profundo de la comunidad que los italianos quisieron y supieron construir el 2 de junio de 1946, recuperando la res publica como la había definida Cicerón.
Y no quedarse solos, hoy, sesenta y dos años después, también quiere decir ser parte de una comunidad internacional cada día más amplia y profundamente integrada, quiere decir sentirse europeos en la Unión Europea, nuestra casa del futuro, pero un futuro que ya es presente; quiere decir sentirse italianos y a la vez bolivianos en Bolivia, como sacerdotes y misioneros, como voluntarios de cooperación, integrantes de ongs y de organismos internacionales, como profesionales, intelectuales y artistas, como empresarios, comerciantes e inversionistas, como instituciones públicas dispuestas a cooperar, a dialogar, a profundizar los vinculos entre ambos Países; como pueblos hermanos, que comparten raíces comunes y buscan juntos un solo camino, como si al final de esa senda inundada por el sol de un cálido junio italiano de 1946 o 1948 se abrieran asombrosos, potentes, conmovedores, el nevado del Sajama o la majestuosa roja pirámide del Cerro Rico.

¡Qué viva Bolivia!
¡Qué viva la Unión Europea!
¡Qué viva Italia!  


Personal de la Embajada de Italia en Bolivia

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